jueves, 26 de marzo de 2009

Aromas de mujer

Admitir que cada mujer sostiene en su esencia la potencia de una flor en funciones, es redundar. Solo ellas pueden cortar el paisaje y suspender el aliento, con prepotencia de azúcar. Suena cursi, pero es la naturaleza, provocando a tiempo completo, quien así logra atraer los opuestos polos de la humanidad. Algo parecido sucede en la física, con el romance atómico de hierro e imán, o en la astronomía, con el guiño eterno de sol y luna. Justamente, la femineidad tiene rango astronómico. Acostumbrados a identificar el planeta como esfera donde deambulan agujeros cada vez más tóxicos, verlas iluminarse cada día es milagro que ilumina la creación. Y demás está decirlo: nada de lo escrito tiene que ver con la belleza exterior.
La historia universal enseña el protagonismo de grandes mujeres. En la escalera cronológica de las primeras involucradas, está Cleopatra. Astuta soberana, seductora de Julio César y Marco Antonio. Hasta se atrevió a la libertad del suicidio haciéndose morder por una serpiente, forma de pasar a la otra materia, que los hombres alardeaban reservar para sí mismos. Los dictadores de los totalitarismos más cruentos que sufrió el planeta, perecieron junto al amor de una mujer: Clara Petachi y Eva Braun. Líderes políticas de repercusión mundial, como Indira Ghandi, cuya imagen fue sublimada por infortunado asesinato, y Margaret Thatcher, quien tras obsequiar a la posteridad su marca de "hierro", vino herrumbrándose al son del óxido global que opacó cada uno de sus argumentos económicos. Insignes personalidades provenientes de escenarios antípodas, pobreza y opulencia: Madre Teresa y Lady Di, damas estelares de la última parte del siglo pasado. El témpano de ébano cívico-militar, Condoleeza Rice, otra señora estelar. La Argentina moderna y contemporánea, también regala a la ponderación histórica cuatro modelos de mujer: Evita, Isabel, Cristina y Elisa, cuyos abismales contrastes de mitología ética y social se equilibran, en dos de ellas, por el usufructo de idéntico apellido, y en las dos restantes, por ambiciones de gobierno. La historia es rica en virtudes y defectos color rosa. Y así como algunas desparramaron sentimientos de almíbar y paz, otras propagaron cólera y amarguras. La participación femenina en la vida política resulta condición necesaria para que todo equilibrio sea posible, en la medida que su inclusión es un acto de estricta justicia y democracia.
El día auspicia buena oportunidad para repensar la paradoja de 146 trabajadoras textiles calcinadas en 1908 cuando reclamaban mejores condiciones laborales. Hoy se conmemora la lucha de la mujer por su participación institucional y humana. Ya no queda renglón en el Código Civil Argentino que atribuya más derechos al hombre que a la mujer: patria potestad compartida, uso optativo del nombre de soltera y divorcio vincular, son apenas tres muestras de igualdad. Décadas de reclamos femeninos se sinceraron en pocos años de legislación. ¿Arrepentimiento masculino? No. La ley se puso a tiro de los cambios sociales. Aún resiste el pensamiento que ve, por ejemplo, en cualquier funcionaria pública, una estrategia de políticos varones, que ubican en las listas a candidatas escogidas, no por capacidad o carácter representativo, sino por fidelidad a ellos. La lista es larga: esposas, primas, hermanas, sobrinas, amantes, amigas. Pero lo realmente cierto, es que un 40% de los hogares nacionales son conducidos por mujeres. Se eliminó la discriminación de trato (aunque persista en salarios y cargos). Y como asunto concluyente, las mujeres revelan: capacitación, iniciativa y autonomía. Por caso, el 60% de la matrícula de la UBA es femenina, y por cada 10 títulos femeninos, 8 son masculinos.
Finalmente, están esas mujeres involucradas con el papel ancestral de amor humano y resistencia física y espiritual, que supera cualquier rol: Las madres. Mujeres que sostuvieron y sostienen ese arquetipo clásico y visceral que Bertolt Brecht consagra en su obra “Madre Coraje”, cuando en la última escena ella avanza sola, arrastrando un pesado carromato por los campos devastados por la guerra, como si aún cargara la esperanza. Virtuosa tenacidad que el reparto de la vida concede, sabiamente, con mayor abundancia a las mujeres.
Entre néctar, mariposas y nubes. Feliz día mujer.

Miguel Martín Gómez Amigott

martes, 9 de diciembre de 2008

Esperando brisas de humanidad. (60 años desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos)

Pasaron 60 años desde aquel histórico soplo de humanidad. Las matemáticas no mienten: 48 votos a favor, ninguno en contra, 8 abstenciones y una declaración universal. Pero los derechos humanos aún son palabras santas de las que sólo coexistimos con su fonética. Su esencia está en veremos. Vocablos placebos que no terminan de anclar. Les falta calle donde estar y conciencias donde reflejarse, porque una cosa es el texto y otra su materialidad. Espacio utópico que a veces nace desde el corazón, y a veces muere en el bolsillo. Es complicada la humanidad. Nos gusta su contenido, pero solo buscamos rozarnos de bonanza, no de pobreza. Contagiarnos de bienes como el de la prolongación de la vida, no de males como el sida a cuyos huéspedes discriminamos.
A nivel país nunca tan pocos debieron tanta humanidad a tantos. Una deuda ancestral: dignidad, justicia, educación, salud, fraternidad, igualdad, instituciones, administración. Menos de cuatro mil los incompetentes que arruinan la vida social de una nación. No quiero ni imaginar el resultado de cuantificar el desastre a nivel planeta. Son millones los esperanzados ciudadanos que fundamentan con su voluntad la autoridad del poder público. Un simple sufragio y unos cuantos años, por eso los derechos humanos deben ser bandera de la democracia, porque amarla no es lo mismo que convivir con el derroche, la modorra, la soberbia, la mano en la lata. Bosteza la ideología. Transpira la historia.
Alguna vez René Cassin, Premio Nóbel de la Paz , definió la Declaración Universal de Derechos Humanos como un gran Templo. Hoy rezo porque al menos quede algún reservorio arqueológico donde recurrir mas no sea por nostalgia. Los derechos humanos debieran ser un paraíso en la tierra: paz, libertad, tolerancia y concordia. Pero pobreza, hambre, inseguridad, drogas, trata de personas, inmoralidad, analfabetismo y otras plagas clausuran el camino y hacen del globo inhóspita residencia. Cambia la época, pero no el sentido. Ahora mismo escasean pan, agua y luz, gruñe la geografía y se desmorona la sociología con tal de conseguir más barriles de petróleo o algunos témpanos de hielo. Balas que se disparan en nombre del dios que más convenga al argumento. Atraen mejor las armas que las almas: más de quinientas millones porta el mundo para uso y abuso personal. Si alguna vez fue delito matar un pájaro, hoy casi no lo es matar un hombre. Ya nada sacude como debería, es que somos permeables a la influencia. La tecnología audiovisual logró acentuarnos como fisgones de la tragedia sin salir de casa. Hace poco vimos cómodamente sentados ante la pantalla como el Malevo Ferreyra se suicidaba, años atrás encapuchados fragmentaban con golpe de cuchillo la cabeza de un estadounidense secuestrado para luego exhibirla tomándola de los pelos, Saddam Huseim ahorcado “in live”, torres gemelas desmoronándose en diferido de seis segundos. Miramos sin enredar el alma. Ahorramos la emoción para películas de amor mediocre. Habrá quienes reaccionaron pronunciando ¡qué horrible! sin desatender el bife del plato. Y así la especie se justifica banalmente. Semejante representación de la condición humana debería afectarnos de por vida en lugar de bautizarnos como platea desapasionada. Sucede que el martirio responde a la oferta y demanda del libre mercado. Y la competencia empuja a superar cualquier producción de terror.
Dirigentes charlistas insisten en deambular por las ramas sin atender lo urgente: serenar la vida social, no inquietarla; legislar para el bienestar general, no para el particular; juzgar para la justicia, no para la estadística; y comprender el Debe y el Haber como asuntos de máxima humanidad. Es un alivio que hayan triunfado los derechos humanos. Pero la duda me corroe: ¿Qué hubiera pasado si perdían?

Miguel Martín Gómez Amigott

domingo, 16 de noviembre de 2008

Un Hálito de Agonía (algo acerca de la droga)

Donde la curiosidad dirija sus sentidos: planeta, continente o país, siempre brota algún desatino. Leer titulares trae consecuencias: saber que la razón resignó su argumento y anhelar el diván pidiendo al Gran Arquitecto Universal, o tal vez a Freud, una compasiva justificación de la especie. El hombre se evade del hombre. Camuflado en lo micro con gradaciones que asfixian la idea: milímetro dividido en un millón. Refugiado en lo macro con hallazgos de novela: estrellas explotan a 300 millones de años luz. Entre células revueltas y genomas controlados cualquier imposible asoma caduco. Pero en esa ecuación mitológica, el humano social es lo insólito que resulta enmarañado contener. Y así la droga. Ésta y su tragedia, como lenguaje primario, tiene funciones narcóticas: opaca el sentido de la vida y de la muerte. Vaya ironía. ¿Qué valor tiene dignificar nuestra gestión humana, crear y dar forma a la circunstancia, si es posible acceder de inmediato al Paraíso?

El hombre no logra vivir dentro de sí, por eso huye. Sócrates acertó la primicia: alma, cuerpo y cárcel. Si la droga responde a una conducta de fuga, su efecto expulsa dolor, necesidad o saturación, y se convierte en sustituto artificial. Receta que suple y a la vez confirma las crudas adversidades coetáneas. Bienestar sintético cuyo riesgo fue apenas o jamás cotejado. Antídoto para realidades extraviadas en guerra por recuperarlas, sin atender que el dañado colateral siempre es uno mismo. Especie de rebelión, cual espacio reaccionario donde la adolescencia acontece y actúa frente al universo gélido. Quizás el adolescente calca su entorno, y los boliches reproducen en su interior el vale todo del exterior adulto, sumido en atajos farmacológicos y pesquisas del Olimpo artificial. ¿Se explicará en la soledad? ¿Acaso en la familia y su inquietante apatía post moderna? Tal vez más simple, cual forzada hipótesis empírica: se consume porque se puede.

El auxilio de la ciencia nutre de contenido a lo invisible: “los roces sociales dominan las franjas de consumo”, dicen. Encuestas retratan de mayor a menor que la adicción es motivada por amistades, imitación, conflictos familiares, nuevas experiencias, soledad, estimulación, presión grupal y desinhibición.

Prensa oficial difundió que Argentina decomisó cargamentos millonarios. Pero en el mejor de los casos las históricas incautaciones no alcanzan el 15% de la droga existente en el país. Es preciso reconquistar la dimensión humana de la historia y comprenderla como construcción de hombres libres, para que nadie se escude en fatalismos y evite cargar con tamaña irresponsabilidad que rebota jocosa por el globo. Solo así la catástrofe de un niño fumando paco será más importante que la resurrección de Midas. En palabras de Ortega y Gasset: “A las cosas”.

Maldita numerología. Como frívola aritmética de la especie la estadística no es ni justa ni fatal ni íntegra. Dice aquello que pasa. Si lastima, sacude o aterra es porque lo humano la involucra. ¿La culpa la tiene el porcentaje o quien le da de comer?

De acuerdo al Instituto Gino Germani de la UBA, 73% de los varones y 63% de las mujeres entre 15 y 19 años ingieren bebidas alcohólicas. En Argentina hay casi 2 millones de alcohólicos. Dato atroz: en el país mueren 25 mil al año por ésta adicción.

En el mundo hay 15 millones de consumidores de cocaína. Dato crudo: Naciones Unidas informó que en Argentina se consume más cocaína per cápita de toda América Latina. En promedio su consumo nacional inicia a los 16 años.

El 46,2% de los adolescentes entre 12 y 17 años admite tener al menos un amigo que consume marihuana. El 7% de la población argentina la consume con frecuencia. Es la sustancia de ingreso habitual al mundo de las drogas ilegales. La iniciación media no supera los 15 años. Dato gris: la marihuana 2008 es 60% más fuerte que aquella que “elevaba” a los hippies en los ´60.

La 2da. Encuesta Nacional a Estudiantes de Enseñanza Media afirma que el consumo de paco aumentó un 200% en los últimos 4 años. El cuestionario se hizo en 586 escuelas de todo el país, respondido por 62.700 chicos de 13, 15 y 17 años que proyectan una base de 950 mil adolescentes. La llaman “droga de los pobres” porque la unidad se adquiere a 1 o 2 pesos. Dato fúnebre: los “menos adictos” fuman como mínimo 20 pacos diarios. “Adictos normales” no bajan de 50. Pasta base que queda tras destilar hojas de coca sin el proceso de elaboración de cocaína. En términos campesinos es la resaca que queda en el “fondo de la olla”. Altamente adictivo y tóxico, en 7 meses puede conducir a la muerte cerebral. Su efecto estimulante dura 5 minutos, lo que induce a multiplicar su consumo en escalada devastadora. Quienes fuman paco son llamados con apelativos por demás gráficos: fantasmas y muertos vivos.

Dato inmutable: El consumo de sustancias ilegales se vincula de alguna manera con la criminalidad (lavado de activos financieros y violencia en las calles). El Servicio Penitenciario de Buenos Aires efectuó en 2004 un trabajo estadístico sobre 10.430 detenidos. 55% reconoció usar narcóticos; 41,8% estaba drogado cuando delinquió; 77% inició su adicción antes de los 17 años; 74% con marihuana.

El desenlace espontáneo anestesia pensamientos. No hay fórmulas mágicas, apenas la soberanía del yo para no perder de vista el nosotros. Que las familias den el ejemplo y los padres no pifien. Sustituir la imagen autoritaria de jefe de hogar por una más democrática y condescendiente, sólo provoca acercamientos erráticos. Las adicciones amordazan la libertad y degradan la dignidad humana. Incluyamos la familia en la única aventura que importa: la vida. Diálogo como bandera. Debate como virtud.

Voces del debate. El delincuente merece castigo. El enfermo atención. Y así la vacilación esboza el planteo: ¿El adicto a las drogas es delincuente o enfermo? Algunos propician suprimir la tipificación penal frente al consumo de marihuana; otros sostienen despenalizar el consumo de cualquier sustancia; finalmente, hay quienes propugnan legalizar las etapas de producción y comercio de drogas.

En 2004 la revista American Journal of Public Health publicó un estudio sobre más de 5 mil personas en Amsterdan y San Francisco, para indagar si la legalización aumenta el uso de marihuana y si la penalización lo limita. Conclusiones: “si las medidas sobre las drogas tuviesen una importante influencia sobre el consumo del usuario, no habríamos detectado similitudes tan grandes entre dos legislaciones tan diferentes”. En Argentina la Ley Nº 23.737 reprime con prisión a quien tenga estupefacientes, pero en la mayoría de las causas por tenencia de drogas para consumo personal la justicia sobresee al imputado, o bien suspende el proceso y ordena una medida de seguridad (tratamiento de rehabilitación). El sistema judicial vegeta en la neutralidad del péndulo interpretando la realidad con razonamientos propios, de ahí jueces que liberan consumidores y otros que se atienen al texto legal. El clima es incierto y azaroso, porque ante la misma situación y la misma cantidad de sustancia incautada, la justicia falla en dos sentidos fatalmente inversos ocasionando un escándalo jurídico.

Y así como la jurisprudencia no es pacífica, la doctrina tampoco. En favor de la despenalización se dice que las adicciones deben tratarse como un tema de salud, ninguna recuperación es posible por vía judicial. El premio Nobel de Economía Milton Friedman opinó que “el Estado no tiene derecho a usar la fuerza, directa o indirectamente, para evitar que un individuo se convierta en alcohólico o drogadicto”. Además, penalizar la tenencia de drogas para consumo personal violenta el Principio de Reserva (art. 19 CN), que señala: “Las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios y exentas de la autoridad de los magistrados…”. Asimismo, castigar la tenencia para consumo personal convierte en delincuente a quien no lo es. Por caso, durante la vigencia de la Ley Nº 23.737 hubo más de 320 mil detenidos con menos de 5 gramos, el 98,5% no tenía antecedentes penales. Para el jurista Jaime Goti “si la razón de la punición es que los delincuentes actúan bajo los efectos del alcohol y de las drogas, tengamos en cuenta que el primero es legal, y segundo, liberemos la marihuana y veremos cómo los supuestos delincuentes no se acuerdan que pensaban hacer a mitad de la trama delictiva”.

En contra de la despenalización se sustenta que las drogas de venta legal (tabaco y alcohol) son las que más muertes causan. Legalizar otras favorece a sus mercaderes. Falta infraestructura para asistir al adicto. Agrava la delincuencia, atento que más del 50% de los detenidos se encontraba bajo efectos de alcohol o drogas al momento de perpetrar la conducta prohibida. Y encierra un peligroso mensaje a la juventud: el consumo de estupefacientes al no ser ilegal no es malo.

En una posición u otra, la marihuana es la principal droga de inicio para adictos, y el Gobierno analiza legalizar su tenencia para consumo personal. Antes de reformar la ley penal, el Estado debe crear un sistema sanitario capaz de brindar contención suficiente, que hoy no existe. Resulta imperativo fijar medidas de seguridad para adictos y estructurar una red de centros para rehabilitarlos. Tal estrategia demandará altas y permanentes partidas presupuestarias. Ajeno a toda controversia, el tabú se deshace y la despenalización emerge en el horizonte del sistema penal y social con impulsos renovados. Por ello, la legalización no debe ser vista como argucia demagógica, sino como seria política de Estado.

Cuidado. Nos amenaza el abismo.

Desgobierno. Las sucesivas versiones de administradores locales corroboran que la política no responde al afán entusiasta de quienes la propusieron como la mejor tecnología social al servicio de todos, y no de unos. El triple crimen en General Rodríguez, el asesinato de 2 colombianos en el Unicenter de la zona norte del Gran Buenos Aires (una de las víctimas era segundo jefe de un importante cartel de droga), o la desarticulación de un laboratorio que procesaba drogas sintéticas en Maschwitz (donde narcos mexicanos producían metanfetaminas), son solo citas que albergan el catálogo de uno de los principales estigmas que pesan sobre la sociedad actual. “El duelo contenido en las noticias oculta causas cambiadas. Es que no son las drogas sino el narcotráfico. Tampoco es el hambre sino el negocio que genera” (Peicovich).

Suceso a suceso, envasar y repartir la crónica causa insomnio, recibirla sofoca: Avance mafioso en las grandes urbes. Creciente instalación de la industria narco. Seguridad negligente. Corrupción en el sistema de salud. Peces gordos a la vuelta de la esquina (en la mansión, claro). Tolerancia social a la adicción. Despenalización de facto. Sicarios, amedrentamiento e impunidad. Falta de radares en espacio aéreo argentino facilita aterrizaje clandestino de traficantes. Sospechosos financiamientos proselitistas rozados por el narcotráfico que vician de fondo la sagrada legitimidad del sufragio. Y vicios de forma que agravan el problema ético. Brutal paradoja: a días del estallido de tan inquietantes casos de novela policial el ministro Fernández enarboló la despenalización. Nada más urgente en la agenda presidencial que aclarar confusos vínculos con redes delictivas. La cero importancia expiró.

La expansión del narcotráfico aturde. Es un negocio bien llevado que primero genera demanda y luego la contiene. Argentina dejó de ser país de tránsito. El consumo interno está en aumento y la producción busca su lugar. Nuestro ordenamiento jurídico es endeble para entorpecer el anclaje de la droga. No tenemos “tiempo sanitario” para que la prioridad investigativa elimine eslabones de comercialización y termine por acorralar al gran traficante. El “oficio narco” redefine el concepto de la ganancia en zonas marginales (y no tan marginales), y la falta de oportunidades empuja a que cada vez haya más individuos que arriesgan vida propia y ajena por dinero. Hay drogas al alcance de cualquier bolsillo. Si el Estado no sacude su modorra, los narcos controlaran partes concretas de territorios. La vida subordinada a códigos mafiosos sin espacio para la justicia ni ejercicio de libertad. La naturaleza es arbitraria, reparte sus dones aún mas desigualmente que el salario, por eso funcionarios incompetentes y perezosos no pueden resolver éste creciente peligro que acecha. Es necesario que lideres y ciudadanos asumamos responsabilidades en lo inmediato. El país vaga distraído en medio de la locura y el desconcierto que su primate de lujo compone sin esfuerzo. Pasan cosas realmente importantes que deben interesarnos.

La droga está aquí. Los narcos también.


Miguel Martín Gómez Amigott

domingo, 20 de julio de 2008

Siempre consideré la siguiente idea como una exquisita artesanía de palabras, los escasos 10 segundos que demandan su lectura, bien lo valen:

"La vida es una obra de teatro que no permite ensayos... Por eso, canta, ríe, baila, llora y vive intensamente cada momento de tu vida... antes que la cortina se cierre y la obra termine sin aplausos".

Charles Chaplin.
Los amigos, el silencio y un abrazo.

Hay que sincerarnos con el día del amigo. Sería al menos una forma de evitar enredar en el mismo saludo a amigos, conocidos y extraños. También sirve para evadirnos de la farsa de inventar una verdad que aspira salir impune como quien necesita auto-justificar una jerarquía inconsistente. Bautizar amigo a quien no lo es, es como usurpar títulos. Una vez alguien llamó doctor a Borges, entonces él dijo: “sin doctor”. Para enmendar su desliz, el mismo sujeto lo llamó: “Señor Borges”. A lo que éste respondió: “Tampoco. Es Borges sólo nomás”. No quisiera pasar por mal pensado pero usurpaciones de títulos ha habido y habrá a raudales mientras la especie dure. Los abogados, por ejemplo, suelen auto-adjudicarse el status de doctor, el común social así les llama y sin rubor responden con la naturalidad de quien oye una extensión de su nombre. Ese doctorado es una usurpación disimulada. Para ser doctores, los abogados deben aprobar una carrera aún más ardua que la cursada para el título de grado. Para ser amigos, las personas deben aprobar una relación aún más ardua que la mantenida para el título de conocido.
Si buscamos comprobar la legitimidad de los licenciados, un título tan masivo como decir vecino, nos daríamos con un par de grillos cantando al lado de un cartel de “vacante”. Aunque no es para alarmarse, basta con pagar una multa de $750 a la justicia como pagó Telerman, y uno queda eximido del pecadillo. La verdad que desconozco a cuánto ascenderá la multa de Blumberg por haber usurpado el membrete de ingeniero. A lo mejor el monto depende del uso. Si lo usó para hacer una silla, una represa, un acueducto de pueblo o uno internacional, o solo para darse dique sin construir nada, casi como algo inocuo. Como dar rango de Teniente General a quien no participó en más guerras que las del T.E.G. o la batalla naval. O como el desatino de “pensador” tan común y regalado en éste país, donde parecería que hay mas pensadores que en las Antiguas Grecia y Roma juntas. Suena más auténtico el término “no pensante”.
El título le otorga al individuo la condición de aquello que realmente es, el problema nace cuando el individuo no es y espontáneamente simula serlo. Incluso nuestra lengua ha sufrido cambios para desdramatizar ciertos títulos, banalizando el lenguaje a fin de lograr una interpretación más ligera. Y en esa ligereza se disipa el contenido. Por ejemplo, lo que antes era curandero o brujo, hoy le llamamos mentalista; acomodado político hoy es asesor; los homosexuales son diferentes; un loco mal vestido es un transgresor; y al que repite de oído varios temas se lo conoce como consultor. Ninguno es lo que su nombre indica, pero como nos entendemos, pasan por legítimos. Vale decir, al pan pan y al vino… otro nombre.
No quiero ni imaginar el gran revuelo que se armaría en el mundillo futbolero si se le exigiera la prueba de coronación al “Rey” Pelé, o la prueba de su divinidad al “Dios” Maradona. A Bermúdez le dicen “El Patrón”, pero la única vez que manejó peones fue cuando intentó jugar un partido de ajedrez. A Ortega lo conocen como “Burrito”, aunque con toda sinceridad no me interesa pedirle pruebas. Si los animales demandaran, muchos deportistas deberían resarcir a gatos, gatas, patos, lobos, anguilas, monos, chanchos, chanchas, y un par de zoológicos mas. La fauna no tiene la culpa de las usurpaciones. Por eso creo que hay que ser compasivo con los títulos.
Hay que nombrar “amigo” a quien ha alcanzado el alto umbral de serlo. Al título de amigo hay que legitimarlo para que cada 20 de julio no sea una jornada como cualquier otro día de conocidos. Incluso la expresión “buenos amigos” me suena pleonástica (redundante), como subir arriba o bajar abajo. Como darle categorías a la amistad, olvidándonos que ésta palabra goza de enorme capacidad para sintetizar la idea. La individualidad de la palabra es tan suficiente como bella su sonoridad. Por lo que el mal amigo tampoco existe, en todo caso nos tocó en suerte un “falso amigo”, un “no amigo”.
Una sugerencia final: El mejor homenaje al amigo se resume en un fuerte abrazo. Ortega escribió alguna vez que la identidad de un país puede encontrarse en sus silencios, en lo que no hace falta decir para entenderse, en el sobreentendido, esa especie de complicidad tácita que nos argentina… Caramba, tanto buscar palabras de amistad y me terminó ganando un silencio que no necesita de aclaraciones.

Miguel Martín Gómez Amigott